Cambiar el presente y proyectar el futuro

Lunes, 23. Febrero 2026

En el fabuloso retrato de su novela La Madre, Máximo Gorki nos muestra el pasaje de una clase trabajadora que sólo vende su fuerza de laboral a otra que, al cobijo del ambiente fabril, deviene en clase consciente: ciertamente, esa fábrica era el centro de la vida gris de los obreros, pero también, el escenario de la lucha de clases. En su despliegue, el personaje Pável, hijo de Pelagia Vlasova, se convierte en un obrero que deja de lado la vida sombría de su padre para educarse y organizar a sus compañeros.
Gorki expone magistralmente el arquetipo de una clase obrera que, en plena revolución industrial, se definía por la homogeneidad y la concentración en grandes fábricas e industrias, donde miles de trabajadores compartían un mismo espacio, un mismo oficio o similares, y un mismo patrón. Esta concentración física era la base material para la solidaridad y la organización colectiva, y del principio de Marx y Engels de “proletarios del mundo uníos”, enunciados en el Manifiesto Comunista. 
A más de un siglo de distancia de la obra de Gorki, el debate acerca del surgimiento de la conciencia de clase y de su correspondencia con la materialidad de la existencia, esta cuestión vuelve reiteradamente al centro del debate y la preocupación. ¿Qué pasa? ¿Por qué, según distintas encuestas, una buena parte de los trabajadores en nuestro país aprueban una reforma laboral a todas luces contraria a sus intereses? ¿Por qué previamente buena parte de estos trabajadores votaron a Milei y Bullrich, quienes en su campaña no ocultaron su decisión de sancionar ésta y otras leyes reaccionarias?  
Argentina, un país antaño medianamente industrializado y con un proletariado de vanguardia, no es en el presente un país sin trabajadores. Sí resulta en cambio un país sin trayectorias laborales o carreras profesionales como las existentes en toda la etapa de sustitución de importaciones promovidas por la burguesía local. Esta diferencia, que pareciera semántica, explica buena parte de la sensación social de estancamiento crónico, de pobreza persistente y de fragilidad del sistema previsional.
En este sentido el problema central no pasa por el desempleo ni la informalidad, sino fundamentalmente, por la parcelación de la clase trabajadora. Un fenómeno estructural que fragmenta los derechos, los ingresos y el futuro de los asalariados. En su obra El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852), Marx describía a los campesinos parcelarios franceses como una inmensa masa aislada, cuyo modo de producción (pequeñas parcelas) impedía su unión política. Hecho que los llevó a apoyar al golpe de Luis Bonaparte (un reaccionario peor que Milei), buscando un poder fuerte que protegiera su propiedad contra la burguesía y el socialismo. A más de un siglo de distancia, la situación actual de la clase obrera argentina recuerda a esa otra clase, la de los campesinos parcelarios franceses.
Según la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC, hacia 2024 (en la previa de ascenso de Milei al poder) la población ocupada rondaba los 21 millones de personas sobre una población total de 46,1 millones. De esos trabajadores ocupados sólo 12,2 millones se desempeñaban en el sector formal o registrado. El resto, 8,8 millones, lo hacía en condiciones informales. En otras palabras, más de cuatro de cada diez trabajadores argentinos no realizaban aportes jubilatorios ni accedían a la protección laboral plena.
Pero el dato más inquietante no era ese. Dentro de la formalidad, una parte creciente correspondía a figuras precarias o híbridas, como monotributistas forzados, contratados en forma temporaria, tercerizados, etc., razón por la cual la formalidad había dejado de ser sinónimo de estabilidad.
En términos metafóricos, antes de la ola liberfacha, el mercado de trabajo nacional ya funcionaba como un archipiélago, con una isla principal relativamente protegida (aunque en declive), compuesta por asalariados del sector privado registrados y empleados públicos estables -quienes concentraban los mejores ingresos y derechos-, y una colección de islotes de trabajo informal in crescendo, dispuestos alrededor de la isla principal, posibilitando la parcelación del trabajo.
De una carrera laboral que permitía el ingreso, el ascenso y la jubilación, siempre dentro de la misma actividad o rama -propia de la historia laboral de nuestros padres y abuelos-, hoy un trabajador típico puede alternar a lo largo de su vida activa con períodos de empleo formal, informal, cuentapropismo, desempleo y planes sociales.
Una de las consecuencias de este fenómeno es que desde el punto de vista estadístico el trabajador moderno “trabaja”, pero desde el punto de vista previsional no logra almacenar el diferimiento de sus salarios para el momento de la jubilación. Los datos son elocuentes. Sólo entre el 30% y el 40% de los trabajadores logra completar 30 años de aportes continuos, requisito histórico para jubilarse sin asistencia extraordinaria. Por eso no es casual que más del 70% de las y los pasivos hayan accedido al beneficio jubilatorio mediante moratorias, evidenciando que la excepción ahora es la regla. El sistema previsional argentino fue diseñado para un mercado laboral que ya no existe: empleo estable, aportes continuos, carreras largas. En ese esquema, la jubilación era salario diferido. Hoy, para la mayoría de los jubilados, ese ingreso es asistencial.
La consecuencia es doble. Por un lado, jubilaciones concentradas en el haber mínimo, con escasa relación con el esfuerzo contributivo real. Por otro, un sistema cada vez más dependiente de impuestos generales y transferencias del Tesoro, lo que debilita su legitimidad y sostenibilidad. La paradoja es evidente: muchos trabajan toda su vida, pero llegan a la vejez como si no lo hubieran hecho. No por falta de esfuerzo individual, sino por una estructura productiva informal.
La parcelación explica también por qué el trabajo dejó de ser un escudo eficaz contra la pobreza. Según estimaciones basadas en la EPH entre el 40% y el 45% de los trabajadores informales vive en hogares pobres. Una proporción que duplica a la de los asalariados formales. De esta forma tener empleo ya no garantiza ingresos suficientes.
Durante la última década, incluso en años de crecimiento, la informalidad se mantuvo persistentemente alta, oscilando entre 35% y 45%. Y si bien la pandemia profundizó el fenómeno, vale destacar que la misma no lo creó. De igual modo la recuperación pospandemia recompuso puestos de trabajo, pero no trayectorias laborales. De esta forma, tras el “remesón”, el mercado laboral se consolidó produciendo ingresos presentes insuficientes y derechos futuros inexistentes. Dicho de manera sintética, la pobreza ya no es sólo desempleo, es además empleo de baja calidad social.
Las reformas laborales ensayadas en las últimas décadas no han permitido desarmar esta estructura; al contrario, la han profundizado más allá que pinten de “modernización”. Por caso, la flexibilización contractual no redujo la informalidad de manera significativa; sólo creó nuevas capas de formalidad precaria. El monotributo, por ejemplo, pensado para autónomos reales, se transformó en una vía de fraude laboral que permitió establecer relaciones de dependencia legales, aunque a todas vistas ilegítimas.
Así, en lugar de integrar parcelas, el sistema las multiplicó. Se formalizó estadísticamente lo que se precarizó socialmente. Las moratorias previsionales, por su parte, fueron una respuesta estatal socialmente necesaria, pero económicamente reveladora de que al final del recorrido el “Dios mercado laboral” no había sido capaz de cumplir su función integradora.
Este fenómeno deja al desnudo que el capitalismo dependiente argentino y sus consecuencias sociales, no se resuelven sólo con crecimiento, ni sólo con reforma previsional, ni sólo con flexibilización laboral, o sus distintos cruces como pretende la burguesía. Se trata de un desajuste profundo entre cómo se trabaja en el capitalismo contemporáneo y cómo se protegen los derechos derivados del trabajo.
Mientras el sistema previsional siga exigiendo la continuidad que el mercado laboral no ofrece, y mientras el mercado laboral siga produciendo ocupación sin derechos acumulables, el resultado será siempre el mismo: pobreza persistente, jubilaciones bajas y conflicto distributivo permanente.
En términos históricos, ligando pasado y presente, el capital determina las condiciones tanto para la cohesión como para la fragmentación de la clase trabajadora. En dicho proceso, la cohesión real no es un regalo del capital, sino el resultado de la lucha de los trabajadores por superar las tendencias fragmentadoras que el mismo capital impone. Es decir, se trata de una relación dialéctica: 1.- el capital unifica objetivamente a los trabajadores en la producción (clase en sí); 2.- el capital fragmenta subjetiva y estructuralmente a los trabajadores para evitar que actúen como una clase unificada; 3.- la identidad y cohesión de la clase (clase para sí) surge cuando los trabajadores, a través de su propia organización y lucha, logran vencer activamente las divisiones impuestas por el capital y reconocen su interés común.
Hoy, la condición que permita edificar puentes entre las islas parceladas del archipiélago y propiciar la conciencia de clase, es decir, alcanzar la condición mínima indispensable de unidad (“proletarios del mundo uníos”), que permita revertir el orden objetivo de las cosas, donde buena parte de los trabajadores miran por el ojo del patrón, etc.; esa condición es el Partido de la Clase, el único en condiciones de incorporar una conciencia socialista en el seno de los trabajadores -al decir de Lenin-, como contraveneno contra la tendencia a la bancarrota. 
Ni la burguesía, ni el reformismo pequeñoburgués, ni mucho menos la burocracia sindical, que a ojos vista no ha sido capaz ni de impulsar un plan de lucha ni de responder al menos con un paro general a la ofensiva libertaria, que sólo traerá más miseria y represión. La condición para dar una salida revolucionaria a la Argentina es el Partido de la Clase. Partido al que decididamente debemos apuntar.

Jorge Díaz

Lunes, Febrero 23, 2026 - 10:00

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